Lumbini: Donde Buda nació y sigue renaciendo para el mundo. Relato de un Kadampa colombiano en la tierra del príncipe Siddhartha

Por: Álvaro Diego Herrrera

Dedicado a todos los maestros que transmiten las enseñanzas de Budha Shakyamuni con pureza y honestidad, en especial al maestro Gueshe Kelsang Gyatso, mi guía espiritual, a los maestros de Lumbini y a las sanghas del mundo entero.

Lo primero que imaginé al llegar a Lumbini fue cómo un príncipe que pudo haber sido uno de los hombres más poderosos de su tiempo y que desarrolló una sabiduría tan profunda e influyente como el budismo pudo nacer en un lugar tan humilde. A diferencia de la majestuosidad geográfica de otras regiones de Nepal como los Himalayas o el valle de Katmandú, Lumbini se encuentran en una llanura semitropical de la cuenca del Ganges sin ningún atributo en particular: solo algunos cultivos de mostaza, rábano o lechuga, algunos ríos no muy llamativos y grandes espacios de ganadería.

Se trata de un pueblo pequeño a lo largo del camino de Vishnupura, rodeado por un cerco de aproximadamente 70 centímetros de altura desde el que se vislumbra un bosque de abetos. Ese bosque ordenado en medio de un país tan caótico permite intuir que hay algo especial a ese lado de una carretera llena de huecos, obras y camiones que van hacia la frontera con la India, algunos kilómetros al sur. Al lado del bosque, el tamaño y la sencillez de hoteles más bien nuevos, principales edificaciones del pueblo, dan a entender rápidamente que lo único interesante en el lugar son los templos que se encuentran al otro lado del cercado.

 

La sencillez de Lumbini se encuentra también en el templo de Maya Devi, el principal del complejo. Allí se iniciaron en 1896 excavaciones arqueológicas para determinar el lugar exacto del nacimiento del príncipe Siddhartha en el año 563 A.C. El templo cubre algunas ruinas de ladrillo y madera alrededor de un pilar que el rey Ashoka erigió en múltiples sitios sagrados para los budistas mientras hacía de esta filosofía práctica la religión oficial de su reino en el siglo III antes de Cristo. El templo de Maya Devi es un paralelogramo de ladrillo pintado de blanco y coronado por una estupa (representación de la mente de un ser iluminado) en el centro del techo. Budistas del mundo entero se postran alrededor con cánticos y ofrendas que reafirman el carácter sagrado del lugar. En el interior, la vigilancia aguda protege el complejo arqueológico de fotografías y videos. Una plataforma de madera permite observar las ruinas en donde visitantes de todo el mundo dejan cientos de monedas y billetes en forma de ofrenda al Buda allí nacido. La plataforma se extiende también sobre una urna de vidrio que protege el lugar donde se cree que Maya Devi dio luz al príncipe Siddhartha (conocido como Buda Shakyamuni después de su iluminación) y en donde hay aún más ofrendas de dinero.

Al lado de la urna, sobre un muro, se encuentra una escultura de la madre con su hijo, que recuerdan los prodigios del príncipe desde su nacimiento, y sobre quien los oráculos predecían sería o un gran rey o un sabio altamente influyente en el mundo entero. Motivado por entender y transformar el sufrimiento de los demás, el príncipe Siddhartha escogió el segundo camino y desarrolló un método a través del cual cada ser puede conectarse con lo mejor de sí mismo. Se trata de una práctica religiosa y filosófica de disciplina personal que propone que todo ser vivo puede llegar a ser un Buda si aplica métodos para desarrollar su propio potencial de sabiduría interior motivado por la compasión hacia los demás. Gracias a sus enseñanzas y a los discípulos que las han transmitido a través de múltiples linajes, el budismo es desde hace 2.600 años una de las religiones más influyentes del mundo, y una de las que coexiste mejor con hinduistas, cristianos, taoístas y hasta musulmanes.

Afuera del templo de Maya Devi, se encuentra un estanque del mismo tamaño del templo, en el que se cree que la madre de Siddhartha tomó un baño después de dar a luz. A su lado, un hombre con grandes deformidades de la cabeza a los pies, vestido de monje y sentado en una silla de ruedas, pide dinero mientras cuenta mantras con un mala (rosario budista) que mueve con la escasa movilidad que su cuerpo le permite. Al otro lado del estanque, un grupo de cerca de treinta monjes de la tradición Teravada (una de las múltiples tradiciones budistas) hacen un círculo alrededor de un árbol bodhi, similar a aquél del cual se dice que Maya Devi se sostuvo para dar a luz. No hay cánticos ni rituales, solo estudio, silencio y contemplación que son interrumpidos en algunos momentos por visitantes curiosos o por algunos enfermos que las familias llevan a los monjes para que reciban los beneficios de sus oraciones.

La bicicleta es la mejor manera de recorrer el complejo de cerca de 8 kilómetros cuadrados y veinticinco templos con sus respectivos conventos que escuelas budistas del mundo entero han construido alrededor del de Maya Devi. El más cercano, el monasterio real de Nepal, refleja lo que es este país: un espacio no muy grande, lleno de colores y estatuas diversas, con un Buda majestuoso en el jardín y con una larga historia contada por telares cuya antigüedad da prueba de su autenticidad. Mientras contemplo los telares, un grupo de peregrinos indios llega al lugar. Un monje nepalés de unos cincuenta años – aparentemente el maestro residente – entra a la gompa (lugar de meditación) para dirigir una puya (oración cantada) en nepalí. Luego ofrece a cada participante una bendición transmitida con un golpecito suave de abanico sobre la cabeza: “Que recibas muchas bendiciones y que tú también alcances pronto la iluminación”, me dice en la única frase en inglés que pronunció en la puya. Sus palabras me recuerdan el propósito de mi viaje a esta ciudad sagrada: avanzar en el camino hacia la iluminación y aceptarlo tal como es.

Antiguo oficial de la Cruz Roja y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el maestro Bikkhu Sagara Damma – su nombre significa océano de enseñanzas –  decidió ser monje doce años atrás en Sri Lanka. Se dio cuenta de que podía ser más útil a los demás a través de la meditación y la enseñanza del budismo que a través de la ayuda humanitaria o la cooperación internacional. Aunque nació en la tierra de Buda (Nepal), fue en Sri Lanka donde aprendió sobre el budismo. Esta experiencia lo motivó a regresar a su país para enseñar el dharma, las enseñanzas de Buda sobre cómo proteger la mente y alcanzar la paz interior. “La gente viene casi toda al templo solo a tomarse fotos, pero no viene al monasterio a escuchar las enseñanzas”, dice con cierta frustración. “Lo importante está aquí en el monasterio,” dice en medio de una conversación que refleja además su conciencia sobre los límites que cada quien experimenta en el camino a la iluminación y su admiración por la compasión de los cristianos. Cuando la puya termina, otros monjes llegan para arreglar el templo y prepararse para la última oración del día antes de la cena.

Entre tanto, yo parto en mi bicicleta hacia los otros templos a través del camino que rodea el estanque creado para evitar que las ruinas sean afectadas por las inundaciones. En medio del atardecer, llego a la plaza del niño Buda, donde conozco el segundo ser importante de la visita: una perrita “criolla” que sigue mi bicicleta a lo largo de toda mi visita. Me acompaña a la plaza de la antorcha, en donde un fuego permanente ubicado al comienzo de una calle de agua nos recuerda una de las principales enseñanzas de Buda: como este fuego inextinguible, todos los seres sin excepción podemos alcanzar la iluminación, es decir, una mente pura, libre de todo tipo de sufrimiento y capaz de ayudar a otros a alcanzar el mismo objetivo. Lograrlo depende de generosidad, disciplina, esfuerzo, paciencia, concentración y sabiduría, motivadas por una gran compasión.

La perrita me acompaña también al templo chino y al coreano, el único que veo abierto a esa hora del atardecer. Cinco pisos gigantes de cemento con un techo en forma de pagoda y decorados con el colorido detallado de la cultura coreana son el regalo de este país a la tierra donde nació su maestro. Al entrar, se abre un espacio frío y sobrio, con algunas luces y un Buda de unos 70 centímetros en el centro del altar, alrededor del cual están dispuestos los ornamentos, un gong y algunas ofrendas.  La simplicidad del lugar solo invita a concentrarse en lo verdaderamente importante: la figura de Buda. En el interior, inicio en soledad una Ofrenda al guía espiritual, una de las puyas más importantes de la tradición Kadampa, la tradición budista que practico. Cuando estoy  más concentrado en medio del silencio, las luces se apagan y, aunque estoy rodeado por los budas, siento miedo de quedarme encerrado. Al salir, encuentro a una mujer que, entre inglés y coreano, me explica que la puya está por comenzar y me invita a quedarme. Otros coreanos y occidentales vienen detrás de ella y decido regresar para orar con ellos.

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Templo coreano en Lumbini

El oficiante entra y toca el gong ubicado al lado de la puerta. Su sonido retumba en medio de los cinco pisos de hormigón y crea una atmósfera de paz que nos prepara para la oración. El monje oficiante entona cánticos de mantras desconocidos con una voz tan grave, profunda y fuerte como pacificadora. Después de orar rotando nuestro cuerpo en las diez direcciones del templo, una grabación en inglés invita a los asistentes a postrarnos para purificar faltas concretas que hemos cometido en nuestras vidas ordinarias: el sentimiento de sentirnos superiores a los demás, de ignorar a nuestros padres, de olvidar a quienes nos han dado techo y comida, de contaminar el ambiente, de ser extremadamente críticos con lo que encontramos, entre otros estados mentales negativos a los que nos hemos acostumbrado tanto que no los vemos en nuestra vida cotidiana. Después de haber postrado nuestro cuerpo como un gesto de humildad ante quienes sí han logrado liberarse de hábitos negativos, la oración nos invita a prometer a hacer esfuerzos para no cometer las mismas acciones y estar dispuestos a vivir como somos en realidad: uno solo, interconectados unos con otros. El frío, la austeridad interior, la luz sutil, el gong, los peregrinos de todo el mundo, los cánticos, las postraciones y todo el ambiente del templo hacen de esta experiencia de paz interior un instante profundo e imborrable que me recuerda que siempre, aún en momentos de gran agitación, puedo acudir a la naturaleza pacífica de mi mente.

En la ruta de regreso, a las 7 de la noche, el espacio se ha transformado radicalmente. El ambiente caluroso de Lumbini se ha llenado de niebla y la temperatura ha empezado a bajar. En el camino al pueblo, en medio de la oscuridad, alcanzo a ver siluetas de ciclistas o motociclistas. Parecen mujeres con faldas aunque en realidad son hombres con hábitos: monjes que regresan a los conventos después de traer provisiones del pueblo. No puedo dejar de saludarlos con una expresión universal y profunda: Namasté, el saludo cotidiano en Nepal. Al llegar al pueblo, me doy cuenta de que sus mercados siguen llenos de monjes comprando arroz, papas o medicinas. Es como si no ser monje fuera la rareza en este pequeño pueblo subtropical de aspecto agrícola y comercial.

La mañana siguiente comienza en medio de una niebla espesa que me hace dudar si el avión podrá aterrizar más tarde para mi regreso a Katmandú. Aunque la visibilidad es muy poca, me interno de nuevo en el complejo de templos a través de la calle del estanque que me lleva a la plaza del niño bodhisatva Gautama. Es necesario acercarse hasta 10 metros para poder ver al grupo de monjes y mujeres (algunas musulmanas) que cantan mientras se postran frente al pequeño Buda dorado. Allí encuentro de nuevo a la perrita que me había acompañado la tarde anterior. Con ella vuelvo a la calle de agua y decido esta vez girar hacia la derecha, en busca de uno de los templos más conocidos del complejo: el de Tailandia.

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Plaza del niño bodhisatva Gautama
Perrita Nepal
Niña, mi compañera de viaje

Antes de llegar a este templo famoso, me encuentro con uno de los más pequeños y menos visitados: el de Sri Lanka. Con este templo comienza una de las principales enseñanzas de este peregrinaje: la humildad. Me doy cuenta de que entre más pequeños y menos ostentosos sean los templos, más silenciosos son también y, por ende, su ambiente es más propicio para meditar. Además, es la segunda vez que Sri Lanka, una isla con la que he tenido mínimo contacto en mi vida, aparece en mi visita a Lumbini para facilitar mi relación con el dharma.

El templo es más bien un patio con una columnata redonda sobre una pequeña colina antecedida por una estatua de Buda en piedra y coronado en la parte más alta por una estatua más grande y dorada. El espacio abierto se confunde con jardines y flores tropicales que se alcanzan a ver en medio de una neblina que persiste aún a las 9 de la mañana. No hay cámaras de turistas, no hay puyas de grupo, solo la grabación de un mantra continuo y una alfombra mojada por el rocío. La soledad, las flores, el mantra, la humedad fría y el Buda en la parte más alta me invitan a la purificación y a meditar para conectarme con lo más puro que tenemos dentro: la budeidad. Este concepto se refiere al potencial que existe en todos los seres de convertirnos en un ser iluminado (un Buda), por lo cual todos los seres merecen el mismo trato y respeto.

Al salir del templo de Sri Lanka, me espera de nuevo la perrita, a quien decido llamar Niña. Ella me acompaña al templo de la estupa dorada de Myanmar o Birmania, una escala antes de llegar al prometido templo tailandés. Las estupas son estructuras que representan la mente de Buda y el camino para alcanzar sus cualidades. Su base representa las mentes de nivel inferior, medio y superior. Las mentes del primer nivel desean liberarse a sí mismas de su sufrimiento transitorio; las del segundo, desean liberarse para siempre del sufrimiento y las del tercero, llamadas mentes del bodhisatva, desean desarrollar métodos profundos de meditación para liberar a otros seres para siempre del sufrimiento. En el budismo, un bodhisatva es una persona que no es todavía un buda, pero que busca lograr la iluminación motivada por la gran compasión  hacia todos los seres vivientes. Por eso, por encima del nivel inferior de la estupa, trece esferas ascendentes, cada una más pequeña que la inferior, representan los trece pasos que debe alcanzar el  bodhisatva hasta convertirse en un ser iluminado. De allí, una flor de loto representa la mente iluminada y sobre ella, la corona representa al guía espiritual, que en el budismo es quien inspira a los practicantes para mantener su conexión con los budas para así alcanzar la felicidad permanente  de la iluminación y ayudar a otros a alcanzar el mismo logro. Se dice históricamente que las cenizas de Buda Shakyamuni reposaron en estupas repartidas por ocho escuelas sagradas. Por ello, ver una estupa equivale a ver enseñanzas que permiten que nuestra mente alcance purificación y equilibrio, virtudes necesarias para alcanzar la mente de un Buda. Dado que no se pueda entrar en la estupa, le doy múltiples vueltas con Niña mientras recito el mantra de Buda Shakyamuni. No solo quiero conectarme con él, sino que deseo, además,  que también Niña pueda liberarse de su renacimiento animal y alcanzar la iluminación en otra vida.

De la estupa de Myanmar, me pierdo un poco por la pobre señalización del complejo. La única publicidad impresa que encontré estaba en alfabeto nepalí (el mismo del hindi), un lenguaje indescifrable para mí. Entre un camino y el otro, llego a una muralla en construcción. Es el templo de Camboya, que sería inaugurado en febrero de 2018, un mes después de mi visita. Dos serpientes anaranjadas rodean el templo. En el budismo, la serpiente representa el odio o la mente egoísta que es necesario transformar en compasión. Como quien trasciende el odio y el egoísmo, las colas bifurcadas de las serpientes abren la puerta de este templo de torres puntiagudas de color gris, naranja, amarillo y rojo. En los frisos del cuerpo central, murallas coloridas cuentan la vida del príncipe iluminado. La neblina apenas si deja ver el templo y los obreros que terminan los adornos, gárgolas y ornamentos que ellos no paran de construir, aun cuando parezca que ya el edificio tiene suficientes acabados. Su trabajo es un motivo para mi regocijo, pues quien construye templos, estatuas y estupas avanza rápidamente hacia la iluminación al facilitarla a quienes verán o habitarán sus construcciones en el futuro. Su trabajo les permite avanzar hacia el que es para mí el más bello de los templos de Lumbini, al menos desde el exterior. Conocerlo por dentro es un gran motivo para volver a este lugar sagrado del nacimiento de Buda.

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Templo camboyano

 

Del camboyano, avanzo al anhelado templo real tailandés, tal vez el más turístico del complejo. Blanco, con todo tipo de ornamentos hacia el cielo, el templo alberga un pequeño altar con el niño Siddhartha en el centro. Aunque me impresiona la riqueza de ornamentos de este templo en medio de sus volúmenes blancos, mi visita parece estar destinada a los lugares más sencillos del complejo. No puedo recorrerlo muy bien puesto que es hora de almuerzo para los empleados. En lugar de experimentar frustración,  decido capturar algo de su paz y pureza.

 

En medio de una neblina que sigue siendo espesa al medio día, entro en un templo vecino, mucho menos suntuoso que el tailandés o el camboyano. Se trata del templo de la sociedad Maha Bodhi de la India. En el interior de un edificio circular y de un concreto pintado de color crema manchado por la humedad, murales coloridos y estatuas doradas reconstruyen el nacimiento de Buda, las estupas, su nacimiento, y algo que no vi en otros templos: su muerte. Un monje de túnica naranja entra a hacer una ofrenda frente al altar y aprovecho para tomarle una foto en plena acción. Él se da cuenta y viene hacia mí a darme la bienvenida al templo en un inglés mezclado con tamil bastante difícil de comprender. “Where are you from?”, le pregunto: “Sri Lanka”, me responde él, para reforzar mi conexión con ese país insular hasta entonces poco significativo para mí. Me explica cada mural de los que rodean el templo y que relatan la vida de Buda con  colores expresivos similares a los de su traje azafranado. Aunque solo le entiendo una tercera parte de lo que dice, logramos comunicarnos sobre la historia de Angulimala, el  asesino en serie que Buda convirtió en uno de sus principales discípulos; el momento en que Buda iba a ser apedreado por su hermano y en el que logró persuadirlo de no hacerlo no tanto para preservar su propia vida como para evitarle el karma negativo que crea un asesinato; el momento en que Buda recibió ofrendas del elefante y el tigre que él mismo apaciguó por el bien de los campesinos;  y el momento de la muerte de Buda, una de las enseñanzas más importantes sobre la impermanencia. “¿Los discípulos quedaron muy tristes con su muerte?,” le pregunto frente a este último mural y él me responde en un inglés-tamil incomprensible acompañado por un gesto de tranquilidad que me da a entender que la aceptación paciente fue la principal práctica de ese momento histórico.

 

Con gran bondad, el maestro abre las cadenas que separan a la audiencia de los altares para explicarme más detalles sobre las estupas, las tres joyas, el camino del bodhisatva y las perfecciones que ellas representan. En ese momento me doy cuenta de que, aunque iba en busca del templo Tailandés, fue el templo indio el que me abrió sus puertas a enseñanzas más profundas. Concluyo que es en la humildad y en la sencillez donde puedo encontrar mayores enseñanzas, es en el lugar menos esperado en donde me conecto mejor con los elementos esenciales de la fe budista, y son los maestros más simples en apariencia quienes me pueden guiar con mayor con profundidad. Al final de la conversación, el maestro me invita a hacer un retiro la próxima vez que visite el lugar, y a quedarme en sus habitaciones por 70 dólares la noche, un precio no muy diferente al de cualquiera de los hoteles nacientes del pueblo.

Al salir, mi amiga Niña me espera con la misma paciencia y humildad del templo y del monje. Me voy con ella hacia el pueblo en busca de un lugar para almorzar, no sin antes ver cómo se pelea con un grupo de monos que toman frutas de un árbol. Por su violencia comprendo que es uno de los seres que domina el territorio de los templos y que, pese a haberme acompañado en el peregrinaje, aún hay mucho trabajo por hacer para que su mente se pacifique. Pero mi labor termina allí, pues sigue su camino y desaparece después de que entré al restaurante.

Después de comer un plato de noodles aparentemente improvisado pero deliciosamente sazonado en el restaurante Atisha, regreso al complejo para terminar mi visita por los monasterios del costado oeste, los del budismo Mahayana y Vajrayaha. Me dirijo al templo nepalés de la estupa, a la estupa con el mandala de Buda y a su monasterio. En el primero de ellos, constato que incluso los jóvenes respetan la consigna de quitarse los zapatos y de guardar silencio mientras las demás personas oran o contemplan a los budas en los templos. El mandala (universo puro) de Buda shakyamuni, pintado en el cielorraso del segundo templo, ofrece al visitante la impresión de estar entrando en dicho universo perfecto y simétrico donde solo habitan seres puros y donde nada falta. En el monasterio, un altar gigante lleno de deidades y de ofrendas recubiertas de oro me recuerda que sí es posible visualizar los universos puros que producen paz y nos pueden conducir a crear un mundo mejor a través de la imaginación de mundos perfectos que solo aparecen en las mentes purificadas. Estos altares reflejan el carácter democrático, abierto y fascinante de las enseñanzas de Buda: los universos perfectos y puros pueden ser habitados por cualquiera, todo depende de nuestra habilidad para liberar nuestra mente de apariencias engañosas a través de la sabiduría y la concentración que se alcanzan con la meditación. Para ello necesitamos recibir inspiración de quienes ya lo han logrado: los Budas.

Del complejo de estupas me dirijo a los templos chino, austríaco, tibetano y japonés. El chino con su patio rectangular y guardianes feroces que protegen el dharma, refleja el poder y la paz con el que las gentes de este gigante vecino de Nepal ven a Buda. El austríaco alberga algo así como una versión budista del pesebre cristiano, con la escena del niño que caminó pocas horas después de haber nacido. El tibetano está lleno de colores y de un Buda dorado y gigante en un altar que refleja la generosidad y diversidad de la fe de un pueblo que resiste a las persecuciones políticas a través del budismo.

No alcanza el tiempo para recorrer todos estos templos maravillosos donde la humanidad budista ha materializado el amor, la gratitud y la generosidad hacia este gran maestro nepalés y universal, y hacia todos los maestros que por siglos han preservado con pureza un saber tan benéfico para el mundo. Más templos se están construyendo a un lado y al otro de los actuales, en una manifestación de que el dharma de Buda Shakyamuni sigue floreciendo con amor y determinación hacia el mundo para que más personas se sigan beneficiando de la función de los budas: ofrecer paz a todos los seres y acompañarles en su camino a alcanzar la mejor versión de sí mismos por el bien de todos.

La niebla se va y con ella llegan el calor, los turistas y la hora de mi regreso a Katmandú. Pero no se trata de un regreso ordinario, se trata de llevar conmigo la paz que todos los Budas en la versión de cada cultura me han transmitido y la generosidad de todos los pueblos que se han hecho presentes para hacer posible semejante espacio excepcional e inmenso de meditación, sabiduría, humildad, compasión y fe. Es una partida llena de gratitud con la generosidad de maestros que se han acercado a enseñarme algo que no sabía o a recordarme la importancia de algo que conocía; y con la compañía humana y no humana que hizo que mi estadía fuera más significativa.

Mi gratitud es también con la principal enseñanza de esta visita: la humildad de Nepal, Sri Lanka y otros países asiáticos, de sus gentes, y de este maestro excelente y plenamente calificado que se sigue manifestando en este mundo para demostrarnos que hay algo más que el universo de sufrimiento que vemos. El esfuerzo material de los pueblos que han construido los templos y los altares me motiva a fortalecer mi fe en que universos de paz y perfección son posibles para todos si mantenemos una mente pura en medio de este mundo contaminado. Las enseñanzas de lugares y seres inesperados en Lumbini me animan a seguir creyendo que la paz y la liberación del sufrimiento de este mundo pueden lograrse siguiendo métodos puros que le dan sentido a nuestra vida al mostrarnos cómo encontrar dentro de nosotros mismos lo que necesitamos para ser mejores seres para los demás. Una sonrisa de gratitud me acompaña al ver al avión de Buddha Airlines que me regresará a Katmandú desde el aeropuerto Gauthama Buddha. De él desciende un grupo de monjes vestidos de hábitos naranja que vivirán, de acuerdo con su propio karma, una experiencia similar o aún más profunda que mi encuentro con Buda en Lumbini.

 

Montreal, febrero de 2018

3 thoughts on “Lumbini: Donde Buda nació y sigue renaciendo para el mundo. Relato de un Kadampa colombiano en la tierra del príncipe Siddhartha

  1. Fantástico recuento de tu visita, más allá de un sitio Fisico como Lumbini, visita al Dharma. Gracias por compartirlo y por inspirarme una vez más.
    Un abrazo querido amigo!

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  2. Que interesante y detallado relato. Muchas gracias por compartir esa fascinante experiencia con esa perspectiva tan tuya. Abrazos !

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