Mali: El gigante del Sahel eclipsado por la guerra

Por: Álvaro Diego Herrera

En medio de este país sin Estado, paradójicamente ocupado militarmente por los estados más poderosos del mundo, está la gente de Mali: su pueblo, con quienes he trabajado, sobre quienes puedo escribir, y quienes me han permitido conocer el país a través de sus relatos históricos, de viaje, de miedo, de dolor y de resistencia. Son ellos y ellas con su generosidad, diversidad y hospitalidad, quienes me motivan a recrear algunas imágenes que trasciendan la guerra y reconozcan un pueblo resiliente y creativo que se niega a morir y a perder su cultura.

Nunca me he atrevido a escribir sobre Mali, aún cuando lo he visitado en más de cinco ocasiones. En gran medida por respeto y por desconocimiento. Siento irresponsable escribir cualquier línea aproximada de este gigante de la llanura del Sahel y heredero de una de las más grandes civilizaciones de la historia: el pueblo Mandén. Fue este imperio mítico de los siglos XIII al XVI el autor de uno de los primeros códigos de la igualdad democrática: la Carta Manden o Koroukan fouga. Promulgada entre 1222 y 1235 D.C., esta Carta estableció por primera vez en la historia la igualdad entre los humanos sin distinción de sexo o clase y, por ende, la abolición de la esclavitud.  Fue este también el pueblo constructor del mayor edificio sagrado construido en barro en el mundo: la mezquita de Djenné en Mopti y de la universidad koránica Sankore de Tombuctú, que fue por años uno de los mayores templos del conocimiento científico y espiritual de la humanidad. Fue este imperio del tamaño de la actual Europa occidental el que propició la coexistencia pacífica entre cientos de pueblos con lenguas y orígenes étnicos diferentes y forjó los lazos identitarios comunes entre los actuales países del África saheliana.

A pesar de haber estado en el país por períodos entre dos y cuatro semanas, cualquier impresión mía frente a esta geografía e historia casi desconocida es solo una aproximación limitada por las restricciones de seguridad que el gobierno que financia nuestros proyectos de cooperación internacional establece sobre quienes visitamos Bamako.  Estas restricciones incluyen no salir de la capital, evitar caminar por sus calles, evitar lugares públicos frecuentados por las poblaciones locales e internacionales y, cuando la inseguridad aumenta, permanecer dentro de las habitaciones de nuestros hoteles para evitar riesgos. Según dichas regulaciones, los hoteles donde permanecemos tienen que contar con medidas de seguridad y de control comparables a las de un aeropuerto internacional. Allí permanecemos durante nuestras estancias rodeados por militares en las entradas y esquinas externas, con agentes privados de seguridad al lado de habitaciones de personajes ilustres, y con tropas militares en puertas peatonales y vehiculares. De este modo, no es raro en muchos momentos ver armas desde cualquier ventana o resquicio que dé al exterior de nuestras habitaciones. Es tal la cantidad de militares en el país y en los hoteles, que no es extraño en este reducido mundo de la ficción seguritaria de la cooperación desayunar con soldados europeos o estadounidenses que mueven sus revólveres al cinto al mismo ritmo de los cubiertos con los que degustan el bufet mientras ríen con sus compañeros.

Pese a tanto dispositivo de seguridad y al esfuerzo evidente de sus empleados por esconder cualquier asomo de la pobreza y del miedo que ha dejado la guerra, la cultura maliense transpira por las paredes de los hoteles. La música sobrepasa los muros de seis metros que encierran restaurantes de terrazas soleadas y piscinas que imitan a las de cualquier balneario internacional. La vida de Mali se cuela por las rendijas de los sótanos llenos de militares acuartelados, se escucha en las lenguas locales de las camareras, se huele en los sudores penetrantes de los empleados, se conecta con los visitantes a través de sus sonrisas acogedoras, y penetra a través del aroma de los tintes que adornan los vestidos confeccionados con paños traídos de Ghana o Costa de Marfil, y altamente refinados y estampados a mano para engalanar a este pueblo. Porque en Mali, el color, la textura y las formas del vestido hacen parte fundamental de la elegancia y la distinción que hay que mantener hasta en los momentos más críticos.

Es probablemente esta dignidad la que mantiene en pie a este país a pesar de la violencia de la colonización francesa aún presente, de la implacable sequía de más de tres cuartos de su territorio y de los golpes que lo han acorralado sobre todo desde 2012, cuando la crisis separatista del norte incrementó la violencia interna. Desde entonces, el pueblo maliense ha sido asaltado con frecuencia por el terror de las masacres por parte de ejércitos yihadistas y por organizaciones armadas internacionales que han aprovechado las rivalidades entre grupos étnicos para establecer redes lucrativas ilícitas a costa del desplazamiento y la muerte cotidiana de miles de malienses y extranjeros. Estos grupos han hecho del miedo un instrumento eficaz para vaciar territorios ricos en minerales y con acceso a las pocas fuentes de agua para dejarlos así libres a multinacionales de países desarrollados. Un miedo anónimo y atomizado ha creado en el desierto nuevos espacios sin ninguna presencia del Estado en donde cualquier actor armado o con el dinero suficiente para financiar desplazamientos y matanzas pueda tener fácil acceso a la ruta de armas que se filtran de Argelia y de Libia, a la ruta de la cocaína hacia Europa por el África del Norte, o a la extorsión derivada del secuestro de visitantes internacionales. En Mali, en pocos años, sus habitantes pasaron de vivir en una paz relativa lograda a través de acuerdos establecidos desde siglos entre grupos étnicos rivales, a un conflicto internacional financiado por empresas armamentistas y mineras de todo el mundo interesadas en dominar esta esquina estratégica, rica en minerales y conectada con siete países del África occidental.  El conflicto de Mali no es solo suyo, es una manifestación de las guerras transnacionales y deslocalizadas que han emergido en los territorios vacíos de Estado y conectados con actores armados, empresas mineras, potencias mundiales, y entidades financiadoras legales e ilegales.

En medio de este país sin Estado, paradójicamente ocupado militarmente por los estados más poderosos del mundo, está la gente de Mali: su pueblo, con quienes he trabajado, sobre quienes puedo escribir, y quienes me han permitido conocer el país a través de sus relatos históricos, de viaje, de miedo, de dolor y de resistencia. Son ellos y ellas con su generosidad, diversidad y hospitalidad, quienes me motivan a recrear algunas imágenes que trasciendan la guerra y reconozcan un pueblo resiliente y creativo que se niega a morir y a perder su cultura. Mi visión es seguramente muy parcial y reducida, pero busco con ella dar una idea de los desafíos complejos que vive este pueblo y resaltar sobre todo su capacidad para crear algo de vida en medio de un desierto atravesado por la violencia y la corrupción.

La llegada de los líderes del norte del país a nuestros encuentros ilustra bien estos desafíos. Desde Gao, el trayecto incluye seis horas en bus por el desierto, nueve horas en piragua por el río hasta Moptí, la tierra donde el Níger se abre en un delta de miles de brazos que llenan el centro del país de una esperanza de fertilidad. De allí, toman por nueve horas un bus destartalado que atraviesa Segú y Kulikoro, las ciudades que crecieron en la cuenca del Níger, el río que atraviesa el país y del cual depende su vida. “Estamos saliendo para allá, ya tomamos la piragua”, le dice Sibiré el jueves en la tarde a una de las organizadoras de nuestros talleres. Solo si salen a esa hora del jueves podrán llegar a tiempo para el taller del lunes en la mañana.

En otras ocasiones, para evitar ser asaltados por los grupos armados de la carretera o del río, quienes viajan desde Gao atraviesan dos países vecinos: Níger y Burkina Faso. Se sienten más seguros fuera de las rutas malienses, aun cuando en el paso por las fronteras les obliguen a pagar “contribuciones” con precios arbitrarios que los agentes fronterizos definen a su antojo. Por ello, en ocasiones, antes de llegar a la capital de su propio país, los participantes de Gao y otras regiones del norte ya han atravesado tres fronteras y han pagado las tres “contribuciones” (o sobornos) requeridos para hacerlo. Para Almouner, la parte más temida del trayecto es la de Burkina Faso, en donde el mismo conductor del bus les pide que se agachen abajo de las ventanas para evitar las balas cruzadas de grupos armados situados en medio del bosque del Sahel. Solo descansan cuando llegan a Bamako, en donde la situación es mucho más tranquila que en el resto del país.

Para quienes vienen de Kidal, el viaje en bus puede tomar dos días más en medio del desierto desde casi la frontera con Argelia. El viaje en avión es más seguro, pero no menos largo, pues implica tres vuelos con sus escalas y esperas: de Kidal a Aghelok, de allí a Gao, y de allí a Bamako. Así que en Mali no solo quienes venimos del exterior hacemos largos periplos. Nuestro tránsito de 20 horas incluyendo una escala por París es incomparable en peligros y duración con la de quienes se desplazan de una región a otra del mismo país.

Estos trayectos no impiden a los malienses hacer gala de su creatividad y su capacidad de trabajo a lo largo de los talleres. Con apenas algunas horas de reposo, son capaces de contar cómo crearon concursos de piraguas entre mujeres en Moptí para demostrar que los roles de género no son tan fijos como dice la tradición, sino que pueden ser deshechos y, por ende, la violencia basada en visiones fijas sobre lo masculino y lo femenino también puede ser erradicada. Los de Segú relatan cómo hicieron jornadas de puertas abiertas para invitar a las víctimas del conflicto a hacer reconocer sus derechos a través de procesos de justicia transicional confidenciales y acompañados por la cooperación internacional. Los de Tombuctú describen los partidos de fútbol a través de los cuales los jóvenes hombres transmiten mensajes de respeto por los derechos humanos, incluidos los de las mujeres. Los de Gao recrean su experiencia de alianzas con las radios locales para transmitir mensajes participativos sobre la paz y la coexistencia pacífica en las familias. Los de Kidal describen cómo crearon videos que se hicieron virales en redes sociales sobre obras de teatro que buscan la resolución pacífica de conflictos y la prevención de la violencia de género. Y las lideresas de Bamako cuentan cómo animan las ceremonias de matrimonio con obras teatrales que recuerdan a los recién casados sus deberes de respeto mutuo.

Esta creatividad también se hace evidente en la imagen personal de los visitantes de las regiones. La vestimenta es un elemento fundamental de la vida en Mali, con códigos precisos difíciles de entender para quienes venimos de países occidentalizados.  El costo que implican, la creatividad de los colores y de las combinaciones de atuendos, así como su diversidad son una muestra de consideración y respeto por aquellos con quienes se encuentran y conviven. El lunes, hay que dar una buena imagen porque no se ha visto a los colegas durante todo el fin de semana. El martes es otro día para impresionar y mostrar que no se tiene solo un boubou (túnica tradicional, en muchas ocasiones con tejidos locales incrustados) de fustán o de cera realizado con telas finas y coloridas de Costa de Marfil o de Europa. Miércoles y jueves, los días en los que los occidentales se preocupan más por su apariencia, son para los malienses días ordinarios de trabajo y por ende también ordinarios para la apariencia. El viernes, día más espontáneo en el vestir y el hacer de los occidentales, es el día más elegante y tradicional para los malienses. Se trata del día santo de la oración en la mezquita y la apariencia debe dar cuenta del respeto a Dios y a quienes creen en él.

Es imposible escribir de Mali sin hacer mención a la religión. Dios está presente en cada rincón del país. En Bamako, existen barrios que tienen hasta cuatro mezquitas cuyo tamaño depende de la riqueza y capacidad de sus habitantes. “Allamdulai” es el saludo de buenos días, que quiere decir que Dios esté con ustedes y la respuesta también involucra a Dios. “Inchallah”, que Dios así lo quiera. No es raro suspender una actividad de formación profesional para permitir a los participantes hacer sus oraciones diarias, una postración en dirección a La Meca en la que recitan surats y se entregan a Dios por completo. No es fácil tampoco abordar el tema de la religión con los malienses. Cada vez que se desea conocer un poco, hay una respuesta que viene con un juzgamiento: “cada quien con sus creencias, pero usted sabe que irá al infierno por no seguir los preceptos de Dios”, me han dicho algunos colegas cuando trato de preguntar por su religión. “Allah juzgará”, dicen ellos con frecuencia sobre este dios aparentemente bondadoso, pero igualmente presto a castigar a cualquiera que le desobedezca, especialmente a las mujeres, que según las interpretaciones más conservadoras, requieren la tutela permanente de sus padres, maridos o hermanos mayores, y son seres incapaces de valerse por ellas mismas. Su mandato es permanecer tan silenciosas e imperceptibles como sea posible. Por eso los velos, las burkas, el porte de vestidos que cubren la totalidad de sus cuerpos son muestra de la aceptación al lugar que Allah les dio.

Otro lugar que representa la vida y la dignidad de Mali es el mercado. El gran mercado de Bamako, con arcadas y patios centrales en forma oval es lugar de creación en madera, plata, cobre y otros metales, y aleaciones con los que los Tuaregs, Bambarás, Sonray y Peuhls fabrican pulseras, elefantes, o el taoré, símbolo mítico y zoomórfico de la cultura maliense. El gran mercado es tambíen el lugar de mayor acoso comercial de la ciudad. Quince o veinte comerciantes de todo tipo de artesanías persiguen ávidos a los tres o cuatro turistas extranjeros que van en promedio cada mañana o tarde del domingo. El acoso comercial les permite vender algo que compense tantos días de trabajo en un país con tanta creatividad y diversidad y tan poco turismo desde que estalló la crisis. “Yo tenía una agencia de turismo. Llevaba gente de Gao a Moptí, a las mezquitas, a la biblioteca de Tombuctú, y de ahí al país Dogón. Pero todo se acabó de un día para otro.” Dice Diallo, experto comunitario que vive en Gao y que se dedica ahora a promover comités de paz y reconciliación en su región.

El mercado de Ngolonina es mucho más calmado. Se trata de una calle destapada y polvorienta escondida detrás de algunos talleres de mecánica en frente del cementerio principal de la ciudad. Aunque allí también hay algo de la persecución del mercado central, es posible allí conversar con los vendedores para entender el significado de su arte y el material con el que fue construido. Entre las esculturas que están siempre presentes en los mercados se encuentra un mono que se cubre los ojos, uno que se tapa la boca y otro que se cruza los brazos. Cuando le pregunto a los vendedores qué significa, me dicen que se trata de la representación de la actitud que permite que el matrimonio perdure: “Si tú ves algo que no te gusta en el matrimonio, te cubres los ojos para no ver, te tapas la boca para no hablar, te cruzas los brazos para abstenerte de actuar,” dice el vendedor.

De hecho, el matrimonio ocupa un lugar central en la cultura de Mali. “Tu es déjà marié?” Es la pregunta casi obligada cuando uno conoce a cualquier maliense. En Bamako hay matrimonios cada jueves y cada domingo, y aunque las tasas de divorcio hayan aumentado en 2019, los jóvenes no dejan de casarse. Muchos de ellos no cuentan con los recursos para tener su propio espacio, así que se van a vivir con la familia de los suegros. Allí, las nueras son acogidas en algunos casos como hijas y en muchos casos, como la nueva sirvienta de sus cuñadas y de las demás nueras. En muchas ocasiones, las suegras de las recién casadas se convierten en sus peores verdugos. No solo legitiman la violencia y exclusión de los hombres contra las mujeres, sino que también la promueven porque les enseñan a sus hijos que imponer el orden en la familia “es la manera de demostrar que se es un verdadero hombre”. Esta enseñanza ha cobrado la vida y la integridad de cientos de mujeres malienses.

No solo los hombres y sus suegras dan a las mujeres un lugar de sumisión. Este imaginario también está presente entre algunas activistas de derechos humanos. “Necesito que Amina respete mi convención,” dice entre jocosidad y seriedad la presidenta de una de las asociaciones de mujeres que acompañamos. Se refiere al compromiso que ella misma se inventó para ejercer presión sobre Amina, nuestra colega de 28 años que no muestra ningún interés en casarse. Y yo le contesto que el derecho a decidir con quién tener relaciones, cuándo y con qué objeto hace parte de los derechos sexuales y reproductivos de Amina, que son a su vez los más sagrados de los derechos humanos, y que la asociación que ella preside dice proteger dichos derechos. Ella se ríe y dice: “Yo es para protegerla, para que la gente no la rechace. La sociedad aquí rechaza a las mujeres que no se casan”. Y yo le respondo: “si ese es el problema, cambiemos la sociedad y su pensamiento, no ejerzamos más violencia y más presión de la que ya sufren las mujeres en este país.”

La presión que padecen las mujeres malienses es múltiple y comienza desde edades tempranas. El matrimonio forzado es una práctica común que afecta a cerca del 55% de las niñas en Mali según cifras de Naciones Unidas. La mutilación genital femenina, especialmente la ablación de clítoris, le fue realizada a cerca del 90% de las mujeres que hoy tienen entre 15 y 45 años. Con esta práctica de alto riesgo para la salud y la vida, se busca eliminar el placer de la experiencia sexual para las mujeres y, de paso, asegurar la fidelidad a sus maridos. En consecuencia, son miles las mujeres que sufren de fístulas y complicaciones urinarias y digestivas, flagelos intratables en el precario sistema de salud maliense.  A todo ello se le suma la poligamia, abiertamente aceptada e incluso promovida socialmente como un signo del éxito de los hombres. Muchos de ellos justifican las relaciones polígamas en el supuesto consentimiento de las mujeres a aceptar ser segundas o terceras esposas. “Ella fue la que aceptó”, responde un colega promotor de derechos humanos cuando lo interpelo por tener dos esposas, como si las mujeres tuvieran otra opción diferente en este mundo definido por los hombres.

Estas prácticas han mantenido una sociedad basada en la tiranía familiar y colectiva. Así, cuando un maliense consigue un empleo estable, está casi obligado a compartir su salario con sus primos, hermanos del primero y segundo matrimonio, y hasta con amigos de la familia que se hacen pasar por ahijados o protegidos. Y como todos dependen de un mismo salario, todos tienen también algo qué opinar sobre la vida del asalariado o de quien recibe la ayuda, para mantener las cosas tal como son. Por eso, en Mali es difícil ser diferente e ir contra la tradición, por injusta que ella parezca.

En medio de tanta exclusión formalizada, existen en Mali también iniciativas de cambio importantes, como las de los comités de paz del norte del país. Estos grupos de líderes de la sociedad civil se han convertido en mediadores de conflictos, en puntos de referencia para los cientos de desplazados internos que llegan a sus comunidades o en espacios de consulta para las autoridades municipales. En Tombuctú, el comité logró prevenir conflictos entre agricultores sedentarios Bambará y ganaderos nómadas Peuhl que usaban los mismos pozos para el riego de cultivos y la hidratación de los animales. El comité vigila que las aguas de los pozos sean utilizadas de manera racional, que no haya desperdicios, y que la mayor cantidad posible de personas y animales tenga acceso al agua en medio de la sequía del Sahara.

Pero no todo es tristeza y desigualdad en Mali. Al atardecer en Bamako, bandadas de pájaros negros, grandes y brillantes cruzan el cielo de Bamako y se dirigen al río. “Son golondrinas”, dice Yacuba en un francés mezclado con bambará. “No creo,” le digo yo, “debe ser otra especie. Son muy brillantes y grandes,” completo. “Duermen todo el día y a esta hora van a tomar agua,” responde él. Las bandadas atraviesan en medio de la luz naranja del sol que se cuela por terrazas llenas del polvo rojo del Sahara y siguen su trayectoria hacia la colina del poder, donde vive el presidente al norte, o hacia la colina del saber, donde están las universidades, al sur. La luz crepuscular trae esperanza y paz a esta ciudad de agentes de Naciones Unidas y de ejércitos del mundo que atraviesan alguno de sus tres puentes atestados de motos y de autos destartalados. Bajo ellos, muchos habitantes locales recogen hasta esa hora el fruto de sus siembras al lado del Níger. Otros lo hacen en una parcela al lado de las cabañas de madera en las que viven, algunas de ellas situadas apenas a metros de un hotel lujoso o al frente de un condominio de casas lujosas con muros tan altos como los de las embajadas occidentales.

Con el crepúsculo llega la noche, y con ella la fiesta, que solo puede hacerse a puerta cerrada o en espacios con controles aeroportuarios. Con la fiesta, llegan también los atuendos: las princesas de Tombuctú con los tocados dorados que sostienen y adornan sus turbantes. Los Sonray (o Songhay) con sus turbantes de colores y los Tuaregs con sus vestidos más claros. Y es aquí donde la música, otro de los grandes patrimonios de este pueblo, se hace presente. Tinos y calebases (instrumento de cuerda cuya caja de resonancia está compuesta de una gran calabaza) generan un ritmo cadencioso de cuerdas que suenan como gotas de agua contrastantes con la aridez del paisaje. Es un ritmo parecido al reggae que se baila con tanta elegancia como la de los atuendos. Con las palmas de las manos hacia arriba y hacia abajo para la música de Kidal, con el cuerpo y las piernas para la de Bamako, con la cadera para la de Gao. Y luego de la danza es el tiempo de la comida maliense: el fonio, sémola de trigo con maní aderezado con salsa de cebollas picantes y diferentes tipos de carne; el pan que ha crecido al vapor y que se deshace al contacto con la boca; el queso frito; o el cordero con salsa de maní; la yuca, una especie de sémola más fina que el fonio; o el dengué, unas semillas dulces parecidas a la chía y derretidas en una crema de leche espesa. Los socios del proyecto se ríen de mí porque en medio de la comida empaco algunas porciones. Y yo lo hago porque es mi única oportunidad de comer algo típicamente maliense puesto que los hoteles internacionales parecen empeñados en esconder al África detrás de sus menús de comida italiana, francesa o estadounidense.

Mi visita termina en medio de la música, la comida y los regalos que los malienses me ofrecen con tanta generosidad como orgullo por la belleza y autenticidad de sus ofrendas artesanales. Y es aquí donde inicia el calvario de salir de Mali: pasar por entre trece y quince controles aeroportuarios entre aduanas, controles privados de las aerolíneas, dobles pasos por rayos equis, controles estrictos de armas y de documentos, incluyendo chantajes por sobornos o sus respectivos intentos. Un proceso arbitrario, largo y costoso, que yo interpreto como dos mensajes al pueblo maliense: el primero, “de aquí solo sale el que realmente es capaz, los demás están condenados a quedarse en la guerra y la pobreza.” Y el segundo, un recuerdo de que el legado colonial sigue vivo “la seguridad de Mali nos importa poco, nuestros esfuerzos están volcados en que ustedes no sean una amenaza para el resto del mundo.” Al menos así permite interpretarlo el hecho de que los controles sean más estrictos cuando se trata de un vuelo hacia París.

Y en medio del cielo frío y gris de París, en escala hacia el próximo vuelo, se siente alivio de haber salido de la amenaza de los ataques y de las injusticias de la guerra y la miseria. Al mismo tiempo se extraña a aquel pueblo alegre, digno, elegante, generoso y resiliente. Se recuerda a aquel gigante que el conflicto nos oculta y no nos permite conocer, del que me siento cada vez más cerca como humano que también ha sobrevivido a la guerra. Aquél país que nos recuerda que los infiernos  existen; pero son transitorios porque, como la guerra, la pobreza, la corrupción y la sed de poder, pueden transformarse a través de grandes esfuerzos humanos. En un mundo de desigualdades crecientes y conflictos diseminados, siempre habrá esperanza desde que haya historia, dignidad, creatividad, amor y fe. Y allí estará Mali, de pie, para recordárnoslo.

19 thoughts on “Mali: El gigante del Sahel eclipsado por la guerra

  1. Álvaro felicitaciones por tan bella pieza maestra, en donde la capacidad de observación de una cultura ajena y distinta a la nuestra se cruza con los sentimientos humanos y profundos del extraño. Viajé con tus palabras por la Mali desconocida, amé a sus habitantes, dignos, alegres, elegantes y resilientes. Traté de entender su cultura de familias extensas y polígamas que tal vez no son tan desiguales a su interior como nosotros lo percibimos en primera instancia. Sentí el duro mundo de la guerra y la injusticia colonial, de la corrupción y la ilegalidad consecuente en sus gobiernos.

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  2. Muy sentido y vibrante relato de un mundo desconocido para muchos de nosotros pero que nos enseña que la esperanza está siempre presente. La creatividad de los pueblos arrinconados por la violencia y el desarrollo explotador supera las barreras impuestas y surgen caminos inesperados que conducen a descubrirnos a nosotros mismos. Emocionante artículo Alvaro esperamos que la saga continúe

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  3. Excelente relato, admiro su respeto en la forma de comunicar el resultado de su investigación en este lugar y su gente, que como lo menciona, esta lleno de historia y ejemplo de una cultura sublime en búsqueda de la igualdad y progreso a pesar de todas las situaciones en las que se ha resistido pero salido triunfante opacando la guerra, la pobreza y demás adversidades; aparte de este contenido, también es valioso su incorporación y comprensión en detalle con las actividades de quienes allí habitan y mas que eso, su acompañamiento y aportes a los desafíos para el cambio social. Muchas gracias por compartir esta valiosa experiencia mostrando otras posibles formas de lograr desarrollo.

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  4. Excelente descripción del pueblo de Malí, en medio del conflicto armado y de la miseria; se resaltan los valores culturales en medio de tanta violencia. (Jaime Alberto Duarte)

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  5. Amanda Sabogal
    Abril 3 – 2020

    Leyendo la experiencia que narra el autor Álvaro Herrera sobre la difícil situación de Sahel – Malí, me atrevo apuntar a que esta misma realidad se presenta y se repite en otros países que están en conflicto interno, cuando leía el texto en realidad no dejaba de pensar que esto mismo ocurre en algunos territorios de nuestro país, donde sus habitantes, que los rodea las injusticias económicas, sociales, culturales, entre otras, se ven involucrados en una guerra interna que no les pertenece, y además, otros se aprovechan de estas tempestades para fortalecer su propio bien, más sin embargo la población que ama su territorio y están arraigados a no perder, siempre muestran lo que su alma les pide, se organizan por grupos o comunidades dependiendo el sector, para mostrar su (creatividad, su armonía, su trabajo, su amor por sus familias y por sus tierras), lo mejor de ellos dentro del mismo conflicto y así lograr sobre vivir.

    Por otro lado, el escenario en Mali que no es nada diferente, percibo que sus habitantes aun lesionados por los enfrentamientos, masacres, buscan como dejar sus semillas, con el fin de que se contribuya y se reconstruya su sistema, no pierden la esperanza, manteniendo su elegancia y su cultura, logrando así, sensibilizar y promover el respeto del derecho humano tanto entre sus comunidades como a las entidades internacionales que los apoyan en esta lucha.

    Gracias por contar esta experiencia, que me entristece pero a su vez me anima.

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    1. Así es. Una gran resiliencia en medio de tanta dificultad. Es difícil no dejar de pensar en nuestros propios contextos también afectados por el conflicto, la corrupción y la desigualdad. Saludos!

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  6. Es una descripción muy sentida de una realidad que infortunadamente no salta a simple vista, pues se solapa en lo que comúnmente resaltan los medios- guerra, corrupción y miseria-.Conocer por medio de este relato aquellas dinámicas en ambientes de cultura e historia de familias que superan desde lo intimo de sus hogares estas condiciones inclementes, da una mirada esperanzadora desde la resiliencia y la autenticidad del pueblo de Malí

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  7. Asombrosa la manera como nos transporta a una tierra absolutamente desconocida desde estas latitudes.

    Una narración muy bien lograda, llena de matices que a través de sus descripciones nos conduce a un mundo ambivalente, que por un lado fascina con los aspectos positivos de esta sociedad, pero que por otro nos mueve fibras oscuras al leer con impotencia la triste realidad de un pueblo por el que pocos se atreven a hacer algo.

    Las mejores energías para que la creatividad del pueblo maliense juegue a favor de las mujeres, tan injustamente doblegadas y oprimidas por el poder masculino.

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